Al adulto que se le olvidó que alguna vez fue un niño.

Al adulto que se le olvidó que alguna vez fue un niño.

diciembre 2, 2017 Reflexión 0

Aquí estás, como el adulto que debías ser, cumpliendo responsabilidades y, muchas veces, madurando a la fuerza. Y, entre tantos retos y obstáculos que nos pone la vida, no queda otra cosa más que crecer y convertirnos en personas «más serias». Debemos asumir bien el papel, uno que probablemente ha sido impuesto por la sociedad, pero no importa, así es mejor. Aunque no nos damos cuenta que nos vamos secando por dentro, que no reímos igual y que las arrugas aparecen de sobra en la frente, más no alrededor de la boca. La amargura nos consume y lo sabemos, pero de eso se trata ser adulto, ¿no? Al adulto que se le olvidó que alguna vez fue niño.


niño interior - el principitoPero ese es el punto: ya crecimos y al pasado hay que enterrarlo, no tanto por haber sucedido ya, sino porque duele. Aún en la inocencia de esa época, siempre hay algo que duele. Y esa emoción se va expandiendo por nuestro cuerpo, como un veneno que nos enferma y, quizás, hasta nos mata. Creo que realmente es eso lo que nos amarga y envejece. No lo que los demás digan o nos enseñen, porque, al final, todos hacemos lo mismo: olvidamos una parte importante de nosotros, ese niño/a que fuimos alguna vez.

Podemos inventarnos muchas razones para haber enterrando a nuestro niño en lo más profundo, quedando ignorado y solo. Podemos decir mil cosas, pero creo que lo hacemos por rabia. Nos da rabia lo inocente que fuimos en esa época, tanto que después nos forzamos por dejar de serlo. «La inocencia es para tontos», «la gente nos engaña y traiciona», «hay que dejar de ser como un niño ingenuo». Y quizás todo eso tiene mucho de cierto, pero nos volvemos extremistas y no solo matamos nuestra inocencia, también matamos la alegría sin razón que viene escondida entre tanta niñez.

Lo matamos todo, lo enterramos dentro de nosotros y dejamos que se pudra ahí. Y, al final, lo hacemos por simple rabia hacia algo que creemos que ya no forma parte de nosotros, pero no es así. Ese niño que fuimos sigue ahí dentro del adulto que busca ser fuerte, responsable y maduro. Está dentro del adulto que no se da tiempo para jugar otra vez.

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Pero, si miramos dentro de nosotros por un instante, yendo más allá del dolor y la rabia. Si nos permitimos hablarle a esa parte de nosotros que está ahí, algo renacerá. Es como encontrar ese juguete preciado que te trae buenos recuerdos. Una sonrisa iluminará tu cara de inmediato, y un calor en el pecho te llenará, nutrirá y te hará sentir vivo. Y si además te permites escuchar a tu niño/a, con esa voz dulce e inocente, entenderás cuánto te ha necesitado. No solo tú a tu niño/a, sino tu niño/a a ti también. Podrás saber lo que quiere hacer de nuevo, contigo, juntos tomados de la mano.

Ese ser que amaba divertirse, reír, ensuciarse, jugar, gritar, llorar, amar sin medidas; ese ser quiere lo mismo de nuevo, así sea de a raticos. Ese ser que sigues siendo tú!

En el fondo, queremos ser niños otra vez, solo que no sabemos cómo y, si llegamos a saberlo, igual no nos lo permitimos. Queremos amar sin miedo, aunque podamos ser engañados. Queremos un dulce sin importar las calorías o, como le pasa a mi niña que solo quiere cantar, sin importar lo que los demás digan. Solo quiere escribir sus canciones y poemas, y bueno, también quiere comer mucho helado 😉

Entendí que, mi responsabilidad como adulta, también es atenderla a ella, a mi niña Francis. Y, en realidad, esto es para ella:

Mi niña, tan pequeña, tan inocente
Sola estuviste por años, perdida y demente
Quédate conmigo, juntas seremos más fuertes
Abrázame que te necesito, y te necesitaré siempre

Y mis tatuajes son los que contarán mi historia
la de una niña que por un tiempo caminó sola
perdida estuvo, destruyendo todo a su paso
ahora está aquí conmigo, durmiendo en mi regazo


Mi niña, tú lo vales
Francis Nazar


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